Cómo ser una misma sin dejar de pertenecer

La autenticidad no consiste en mostrarnos siempre igual. Quizá tenga más que ver con poder elegir quién queremos ser en cada contexto, sin sentir que tenemos que desaparecer para seguir formando parte.

Hay personas con las que hablamos con una facilidad casi espontánea. Nos sale el humor, compartimos lo que pensamos sin darle demasiadas vueltas y sentimos que podemos estar presentes sin vigilarnos constantemente. Y luego hay otros lugares donde medimos cada palabra, donde evitamos ciertos temas, suavizamos opiniones, escondemos partes de nosotras o intentamos encajar en una imagen que parece más aceptable.

La pregunta es inevitable:

¿En cuál de esos lugares estoy siendo realmente yo?

Durante mucho tiempo hemos asociado la autenticidad con una idea bastante exigente: decir siempre lo que pensamos, comportarnos igual con todo el mundo o no adaptarnos nunca a los demás. Pero la vida rara vez funciona así.

Ser una misma no significa ser igual en todas partes

Todas las personas cambiamos según el contexto. No solemos relacionarnos igual con una amistad de toda la vida que con nuestra familia. Tampoco actuamos igual en el trabajo que cuando estamos en casa o con alguien que acabamos de conocer. Eso no significa que estemos fingiendo.

Las personas somos complejas. Nuestra forma de expresarnos también cambia según el vínculo, el momento vital o incluso nuestro estado emocional. La autenticidad no tiene porqué consistir en repetir siempre la misma versión de nosotras mismas. Quizá, se trata más de que esas diferencias respondan a una elección y no únicamente al miedo.

Cuando dejamos de elegir

Hay ocasiones en las que adaptarnos tiene sentido. Tal vez moderamos nuestro sentido del humor en una reunión de trabajo, hablamos de manera diferente con una niña pequeña o decidimos reservar una parte íntima de nuestra historia para personas de confianza. No todo necesita ser compartido con todo el mundo.

El problema aparece cuando dejamos de preguntarnos por qué estamos haciendo esos ajustes. Cuando ya no sabemos si callamos porque realmente queremos hacerlo… o porque hace tanto tiempo que aprendimos a agradar que ni siquiera nos damos cuenta.

Poco a poco podemos empezar a renunciar a opiniones, necesidades, gustos o límites sin haber tomado nunca esa decisión de forma consciente. Simplemente ocurre, y un día aparece una sensación difícil de explicar.

La de sentir que llevamos tiempo viviendo una vida que, de alguna manera, ya no termina de parecernos nuestra.

El precio invisible de querer seguir perteneciendo

Necesitar pertenecer no es un defecto, es profundamente humano. Desde que nacemos dependemos de otras personas para sobrevivir y vamos construyendo nuestra identidad a partir de esos primeros vínculos. Aprendemos qué comportamientos son bien recibidos, cuáles generan aprobación y cuáles parecen poner en riesgo el cariño o la aceptación.

No elegimos ese aprendizaje, lo necesitamos.

Quizá por eso, incluso en la vida adulta, el miedo al rechazo puede seguir teniendo tanta fuerza. A veces no dejamos de decir lo que pensamos porque no tengamos una opinión, lo hacemos porque una parte de nosotras teme las consecuencias de mostrarla.

Otras veces no ponemos un límite porque no sepamos cuál necesitamos, sino porque imaginamos lo que podría ocurrir si la otra persona se enfada, se aleja o deja de elegirnos.

Y, sin darnos cuenta, empezamos a confundir pertenecer con desaparecer un poco.

Adaptarse no siempre significa perderse: como ser una misma

Existe una idea que puede resultar liberadora. No siempre que adaptamos una parte de nosotras estamos traicionando nuestra autenticidad. Hay renuncias que elegimos de forma consciente porque responden a valores importantes para nosotras.

Puede que aceptemos un determinado funcionamiento en un trabajo porque valoramos el aprendizaje que nos ofrece. Puede que decidamos no abordar ciertos temas en un momento concreto porque priorizamos cuidar una relación.

La diferencia no está tanto en el comportamiento, está en la posibilidad de elegir.

Cuando sentimos que tenemos margen para decidir, solemos experimentar esas adaptaciones de una forma muy distinta a cuando sentimos que nos vienen impuestas. Porque elegir no elimina necesariamente el coste, pero sí nos devuelve una parte importante de nuestra libertad.

Una pregunta diferente

Quizá la pregunta no sea: ¿Estoy siendo yo misma?

Tal vez esa pregunta sea demasiado grande.

Quizá podamos empezar por otra mucho más sencilla.

¿Esto que estoy haciendo lo estoy eligiendo… o siento que no tengo otra opción?

A veces, solo detenernos unos minutos en esa pregunta ya cambia la manera en que miramos una situación. Nos ayuda a distinguir entre aquello que seguimos sosteniendo porque realmente queremos hacerlo y aquello que mantenemos únicamente por inercia, por miedo o porque hace mucho tiempo aprendimos que esa era la única forma posible de seguir perteneciendo.

Si esta reflexión te ha acompañado mientras leías, quizá te apetezca dedicarle unos minutos más. Este mes, en La Pausa Compartida (nuestra newsletter mensual), compartimos un recurso llamado «Un lugar donde poder ser un poco más yo». Una propuesta breve para mirar con calma esos vínculos y contextos donde sientes que puedes ser tú sin tener que esconder partes de quién eres.

A veces, la autenticidad no empieza preguntándonos quién soy, sino descubriendo dónde me siento con la libertad suficiente para serlo.

como ser una misma

Además, si te apetece explorar a tu ritmo, en nuestra página de Recursos encontrarás materiales abiertos y recursos de profundización que hemos ido creando para acompañar distintos momentos emocionales y vitales.

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