Cómo nos transforman las relaciones: cuando un vínculo nos ofrece una experiencia diferente
No llegamos a nuestras relaciones desde cero. Cuando conocemos a alguien, cuando empezamos a confiar, cuando mostramos algo vulnerable o necesitamos apoyo, también están presentes —de alguna manera— las experiencias que hemos vivido antes.
A lo largo de nuestra historia vamos aprendiendo cosas acerca de los vínculos: qué podemos esperar de otras personas, cuánto podemos confiar, qué sucede cuando necesitamos ayuda, qué partes de nosotr@s encuentran espacio o qué ocurre cuando mostramos aquello que nos resulta más difícil enseñar.
Por eso, pensar en cómo nos transforman las relaciones implica mirar no solo aquello que una persona aporta conscientemente a nuestra vida, sino también las experiencias que vamos teniendo a su lado.
Y aparece entonces una pregunta interesante: si algunas cosas las aprendimos en relación,
¿pueden otras relaciones ofrecernos la posibilidad de aprender algo diferente?
No llegamos a cada vínculo desde cero
Nuestras primeras experiencias relacionales participan en la construcción de expectativas sobre los demás. La investigación sobre apego lleva décadas mostrando cómo las experiencias repetidas de disponibilidad, sensibilidad y respuesta de quienes nos cuidan contribuyen a organizar nuestra manera de buscar apoyo y desenvolvernos en los vínculos.
Pero quizá podamos entenderlo sin necesidad de irnos tan lejos.
Imaginemos que durante mucho tiempo hemos aprendido que expresar malestar genera incomodidad en los demás. Tal vez terminemos acostumbrándonos a resolver determinadas cosas en soledad. O que hemos vivido relaciones en las que equivocarnos tenía consecuencias importantes y, tiempo después, seguimos pendientes de hacerlo todo bien.
No hace falta que exista una decisión consciente detrás. Vamos viviendo experiencias y, a partir de ellas, construimos cierta idea de qué podemos esperar cuando estamos con otras personas.
Esto tampoco significa que nuestra historia determine inevitablemente nuestras relaciones futuras. Ni que exista una explicación sencilla que permita mirar hacia atrás y concluir: «soy así porque me ocurrió aquello».
Nuestra historia nos acompaña, pero continúa encontrándose con experiencias nuevas.
También nuestro cuerpo participa en los vínculos
Hay algo que probablemente podamos reconocer con bastante facilidad si pensamos en personas diferentes de nuestra vida: nuestro cuerpo no se siente exactamente igual con todas ellas.
Quizá con alguien podamos permanecer en silencio sin sentir la necesidad de llenarlo. Con otra persona estamos más pendientes de lo que decimos. Hay conversaciones después de las que sentimos agotamiento y otras en las que, aun hablando de algo difícil, percibimos cierta tranquilidad.
La investigación sobre regulación social lleva tiempo intentando comprender algunos de estos fenómenos.
Uno de los estudios que comentábamos recientemente en nuestras redes planteó una situación muy concreta. Un grupo de mujeres fue expuesto a la posibilidad de recibir una pequeña descarga eléctrica mientras los investigadores observaban mediante neuroimagen qué ocurría ante esa amenaza. En unas ocasiones estaban solas; en otras sostenían la mano de una persona desconocida y, en otras, la de su pareja.
La amenaza seguía existiendo. Sostener una mano no hacía desaparecer la posibilidad de la descarga. Sin embargo, cuando sostenían la mano de su pareja se observaba una menor activación en varias regiones cerebrales relacionadas con la respuesta ante la amenaza. Además, esa atenuación era mayor cuanto mejor era la calidad percibida de la relación.
La Social Baseline Theory utiliza investigaciones como esta para plantear una idea sugerente: los seres humanos no estamos diseñados para afrontar todo aquello que vivimos exclusivamente mediante recursos individuales. La disponibilidad de otras personas puede formar parte de cómo afrontamos las dificultades y distribuimos el esfuerzo que estas requieren.
No significa que cualquier compañía nos calme, que necesitemos siempre a alguien para regularnos ni que podamos deducir la calidad de una relación a partir de una sensación corporal. Es algo más sencillo:
la presencia y disponibilidad de otras personas puede modificar nuestra experiencia ante aquello que vivimos.
¿Y cuando alguien responde de una manera que no esperábamos?
Aquí aparece quizá la parte más interesante. Porque nuestras relaciones no solo pueden confirmar lo que ya sabemos acerca de ellas, a veces ocurre algo distinto.
Pedimos ayuda esperando sentir que molestamos y alguien responde con disponibilidad, mostramos una parte vulnerable esperando incomodidad y encontramos curiosidad y cuidado. Decimos que no y descubrimos que el vínculo permanece, nos equivocamos y no ocurre aquello que temíamos o conocemos a alguien junto a quien, sencillamente, descubrimos que no necesitamos estar tan pendientes.
Puede parecer poca cosa. Sin embargo, cada una de estas situaciones contiene una pequeña experiencia relacional que no coincide completamente con aquello que habíamos aprendido a anticipar. Y eso no significa que inmediatamente dejemos de esperar lo anterior.
Podemos saber que alguien está disponible y seguir teniendo dificultades para pedir ayuda. Podemos encontrarnos en una relación donde nuestros límites son respetados y aun así sentir miedo al ponerlos. Podemos recibir afecto y seguir preguntándonos durante un tiempo cuánto durará.
A veces podemos estar viviendo algo diferente y seguir esperando que ocurra lo de siempre.
Quizá también esto forme parte de cómo nos transforman las relaciones.
Las experiencias nuevas no borran las anteriores
Resulta tentador contar esta historia de una manera mucho más sencilla: tuvimos experiencias difíciles, encontramos personas seguras y aprendimos a confiar.
Pero las personas somos algo más complejas. Las fuentes que sostienen los modelos de regulación social y seguridad social apuntan a que nuestras experiencias relacionales participan en las expectativas y respuestas que desarrollamos ante el entorno social. También señalan que estos sistemas permanecen sensibles a la experiencia; no estamos necesariamente fijados para siempre a aquello que aprendimos anteriormente.
Esto permite pensar el cambio no como un borrado, sino como una ampliación de posibilidades.
Quizá durante mucho tiempo aprendimos que necesitábamos resolver las cosas por nuestra cuenta. Una relación diferente no elimina esa capacidad —que posiblemente nos haya resultado muy útil—, pero puede permitirnos descubrir que también podemos apoyarnos en alguien.
Quizá aprendimos a estar muy pendientes de los demás. Encontrarnos con alguien ante quien podemos relajarnos no hace desaparecer automáticamente esa vigilancia, pero nos ofrece otra experiencia posible.
Poco a poco, nuestra historia puede contener ambas cosas: Hubo momentos en los que necesité protegerme de esta manera. Y también: He conocido relaciones en las que no siempre ha sido necesario hacerlo.
Una relación no viene a repararnos
Hablar del potencial transformador de los vínculos requiere también cierta cautela. En los últimos años se ha popularizado mucho la idea de encontrar personas que «regulen nuestro sistema nervioso», relaciones que «sanen nuestras heridas» o vínculos capaces de reparar aquello que otras personas dañaron.
La investigación que hemos revisado no permite sostener algo tan lineal. Las relaciones pueden ofrecernos apoyo, seguridad y experiencias diferentes. Pueden participar en nuestros procesos de cambio. Pero ninguna persona tiene la responsabilidad de reparar nuestra historia ni existe un tipo de vínculo capaz de borrar automáticamente aquello que hemos vivido.
Tampoco todas las experiencias nuevas tienen por qué transformar algo.
Quizá sea más cuidadoso pensar que algunos vínculos amplían nuestro repertorio de experiencias. Nos permiten conocer maneras de estar con alguien que quizá antes no conocíamos. Y, a veces, esas experiencias terminan participando también en aquello que creemos posible.
Cómo nos transforman las relaciones: lo que vamos aprendiendo en compañía
Cuando pensamos en las personas que han sido importantes para nosotr@s, solemos recordar conversaciones, lugares, momentos compartidos, decisiones, pérdidas o etapas de nuestra vida.
Pero quizá también podamos preguntarnos por cosas mucho menos visibles.
¿Con quién aprendimos que podíamos pedir ayuda?
¿Quién nos enseñó una forma diferente de mirar algo?
¿Con quién descubrimos que podíamos mostrarnos de una manera que hasta entonces reservábamos?
¿Junto a quién sentimos alguna vez que podíamos hacer un poco menos de esfuerzo?
No somos únicamente el resultado de nuestros vínculos. Cada persona participa activamente en la construcción de su propia historia y una misma relación puede significar cosas muy diferentes para quienes la viven. Pero tampoco nos construimos completamente a solas.
A veces alguien pasa por nuestra vida y nos ofrece una experiencia que hasta entonces no conocíamos. Quizá no cambie inmediatamente aquello que esperamos del mundo. Quizá durante un tiempo convivan lo nuevo y lo antiguo. Pero algo más ha pasado a formar parte de nuestra historia.
Y quizá podamos terminar esta reflexión mirando hacia las personas con las que, alguna vez, hemos sentido que podíamos bajar un poco la guardia:
¿Qué aprendiste sobre los vínculos —o sobre ti— gracias a ellas?
Una pausa para mirar los vínculos que dejaron algo en ti
Hay personas que quizá ya no forman parte de nuestro día a día y, sin embargo, podemos reconocer algo de ellas en quienes somos hoy: una manera de mirar el mundo, un valor que hicimos nuestro, una conversación que todavía recordamos o una parte de nosotr@s que encontró espacio a su lado.
Este mes, en La Pausa Compartida, hemos preparado una pequeña propuesta de escritura para detenernos precisamente ahí.
Una invitación a recorrer tres vínculos significativos de tu historia y explorar, a través de algunas preguntas, qué aprendiste, qué recibiste y qué puede seguir acompañándote de aquellos encuentros.
No para hacer balance de toda una vida relacional. Solo para dedicar un rato a mirar algunas de las huellas que también forman parte de tu historia.
Puedes recibir este recurso gratuito suscribiéndote a La Pausa Compartida.
Referencias
Ainsworth, M. D. S., Blehar, M. C., Waters, E., & Wall, S. (1978). Patterns of attachment: A psychological study of the strange situation. Lawrence Erlbaum Associates.
Coan, J. A., Schaefer, H. S., & Davidson, R. J. (2006). Lending a hand: Social regulation of the neural response to threat. Psychological Science, 17(12), 1032–1039.
Coan, J. A., & Sbarra, D. A. (2015). Social Baseline Theory: The social regulation of risk and effort. Current Opinion in Psychology, 1, 87–91.
Slavich, G. M., & Cole, S. W. (2013). The Social Safety Theory: An integrative-translational approach to susceptibility and resilience to physical and mental health. Psychological Bulletin, 139(5), 1102–1147.
Además, si te apetece explorar a tu ritmo, en nuestra página de Recursos encontrarás materiales abiertos y recursos de profundización que hemos ido creando para acompañar distintos momentos emocionales y vitales.