Agotamiento emocional: por qué nos cuesta tanto aceptar nuestros límites, emociones y necesidades
Hay momentos en los que sentimos que algo no va bien. Nos cuesta concentrarnos, todo parece requerir más esfuerzo del habitual y la irritabilidad aparece con una facilidad que no terminamos de comprender. Otras veces, simplemente, tenemos la sensación de haber llegado a un límite. Es habitual que, en esas circunstancias, hablemos de agotamiento emocional, cansancio o saturación para intentar poner nombre a lo que estamos viviendo.
Sin embargo, quizá el agotamiento emocional no tenga que ver únicamente con la cantidad de responsabilidades que sostenemos o con el ritmo de vida que llevamos. Aunque ambos factores influyen, existe otra dimensión que a menudo pasa desapercibida: la relación que mantenemos con nuestra propia experiencia.
No solo sufrimos porque estamos cansad@s, sino porque pensamos que no deberíamos estarlo.
No solo nos inquieta la incertidumbre, sino la idea de que deberíamos tener las cosas claras. Nos duele encontrarnos con un límite, pero también todo lo que ese límite parece decir sobre nosotras. Del mismo modo, cuando aparecen emociones aparentemente contradictorias, solemos preguntarnos qué estamos haciendo mal antes que aceptar que la experiencia humana rara vez es simple o lineal.
Durante las últimas semanas hemos dedicado un espacio a reflexionar sobre algunas de estas experiencias cotidianas: la dificultad para reconocer lo que sentimos, la frustración que aparece cuando no podemos sostener el ritmo que nos exigimos, la incomodidad de sentir emociones que «no encajan» y la saturación que aparece cuando todo parece demasiado. Aunque puedan parecer cuestiones diferentes, todas comparten un mismo hilo conductor: la dificultad para aceptar aquellas partes de nuestra humanidad que no coinciden con lo que creemos que deberíamos ser.
El agotamiento emocional es más que sentirse cansada
Cuando pensamos en el agotamiento emocional solemos imaginar una vida llena de responsabilidades, estrés o exigencias. Y, sin duda, estos factores pueden desempeñar un papel importante. Sin embargo, reducir esta experiencia únicamente al exceso de tareas deja fuera una parte esencial de la ecuación.
La psicología lleva tiempo mostrando que el bienestar no depende solo de las circunstancias que vivimos, sino también de cómo nos relacionamos con ellas.
Dos personas pueden atravesar situaciones similares y experimentarlas de maneras muy distintas. No porque una sea más fuerte o más débil, sino porque cada historia personal, cada contexto y cada forma de interpretar la realidad influyen en la manera en que nuestro sistema nervioso responde a lo que ocurre.
Por eso hay ocasiones en las que el agotamiento emocional aparece incluso cuando sentimos que, objetivamente, «no debería ser para tanto». Y es precisamente ese pensamiento el que suele aumentar el malestar. Porque, además del cansancio, aparece la culpa. Además de la saturación, surge la sensación de estar fallando. Y además de la necesidad de descanso, nos exigimos seguir funcionando como si nada estuviera ocurriendo.
Quizá por eso la pregunta no sea únicamente qué nos está agotando. Quizá también merezca la pena preguntarnos cómo nos estamos tratando mientras atravesamos ese agotamiento.
Cuando el problema no es solo lo que vivimos, sino la guerra que libramos contra ello
Existe una idea que atraviesa muchas de las conversaciones que mantenemos en consulta: con frecuencia no sufrimos únicamente por lo que nos ocurre, sino por la dificultad de aceptar que nos está ocurriendo.
Vivimos en una cultura que premia la claridad, la productividad, la coherencia y el rendimiento. Aprendemos, muchas veces sin darnos cuenta, que una persona adulta debería saber lo que quiere, poder con sus responsabilidades, gestionar bien sus emociones y mantenerse estable incluso cuando la vida se complica. El problema es que la experiencia humana rara vez responde a ese ideal.
Nos cuesta aceptar la incertidumbre porque sentimos que deberíamos tener respuestas. Nos cuesta aceptar los límites porque creemos que deberíamos poder con todo. Nos cuesta aceptar determinadas emociones porque pensamos que hay formas correctas e incorrectas de sentir. Y nos cuesta aceptar el cansancio porque lo interpretamos como un signo de debilidad, en lugar de reconocerlo como una señal de que algo necesita atención.
Esta lucha constante consume una enorme cantidad de energía. No solo hacemos el esfuerzo de atravesar aquello que estamos viviendo; también hacemos el esfuerzo de intentar no vivirlo. Intentamos dejar de sentirnos cansadas antes de preguntarnos por qué lo estamos. Buscamos eliminar la duda antes de escuchar qué nos está diciendo. Tratamos de silenciar emociones incómodas sin detenernos a comprender qué función cumplen.
La investigación sobre regulación emocional apunta precisamente en esa dirección.
Sabemos que tratar de controlar o eliminar de forma rígida determinadas experiencias internas suele resultar menos eficaz que desarrollar una relación más flexible y abierta con ellas.
Esto no significa resignarse ni disfrutar del malestar, sino dejar de añadir una segunda capa de sufrimiento a una experiencia que ya de por sí puede ser difícil.
Cuatro formas cotidianas de pelear con nuestra humanidad
La primera aparece cuando no sabemos. No tener claro qué decisión tomar, qué sentimos o qué queremos suele vivirse como un problema que hay que resolver cuanto antes. Sin embargo, muchas preguntas importantes necesitan tiempo para madurar. La incertidumbre no siempre indica que algo vaya mal; a veces simplemente refleja que todavía estamos elaborando una experiencia compleja.
La segunda aparece cuando nos encontramos con nuestros límites. Nuestro cuerpo cambia, nuestras circunstancias cambian y nuestros recursos también. Sin embargo, seguimos midiéndonos con el mismo baremo de siempre. Nos exigimos responder igual que cuando dormíamos mejor, teníamos menos responsabilidades o atravesábamos un momento vital diferente. Y cuando no lo conseguimos, solemos pensar que hemos fracasado. Quizá el sufrimiento no nazca únicamente del límite, sino de la pelea constante con él.
La tercera tiene que ver con las emociones que parecen incompatibles. Podemos sentir alegría y miedo al mismo tiempo. Alivio y tristeza. Gratitud y cansancio. La psicología reconoce desde hace años que las emociones pueden coexistir y responder a necesidades distintas. Sin embargo, muchas veces desconfiamos de nuestras emociones antes que de las creencias que hemos aprendido sobre cómo deberíamos sentirnos.
Y, por último, aparece la saturación. Vivimos rodeadas de estímulos, demandas e información. Pero quizá lo más llamativo es que incluso nuestros momentos de descanso suelen estar llenos de más estímulos. Cogemos el móvil para desconectar, respondemos mensajes en los pocos minutos libres, enlazamos vídeos, series o redes sociales creyendo que estamos descansando cuando, en realidad, seguimos recibiendo información de manera constante. No es extraño que el sistema nervioso termine diciendo «hasta aquí». A veces no necesitamos hacer menos. A veces necesitamos, simplemente, recibir menos.
Una relación más amable con nuestra experiencia
Hablar de aceptación puede generar cierto rechazo. A menudo se confunde con resignarse, conformarse o dejar de intentar cambiar aquello que nos hace daño. Sin embargo, aceptar no significa renunciar a transformar nuestra vida.
Aceptación tiene más que ver con reconocer con honestidad el punto en el que estamos para poder decidir, desde ahí, cómo queremos cuidarnos.
La autocompasión, ampliamente estudiada por investigadoras como Kristin Neff, nos recuerda que tratar nuestras dificultades con la misma comprensión que ofreceríamos a una persona querida no elimina el dolor, pero sí puede disminuir el sufrimiento añadido que generan la culpa, la autoexigencia o la crítica constante. Del mismo modo, modelos como la Terapia de Aceptación y Compromiso insisten en que el objetivo no siempre consiste en hacer desaparecer las experiencias difíciles, sino en aprender a relacionarnos con ellas sin que dirijan por completo nuestra vida.
Quizá el agotamiento emocional no siempre pueda evitarse. Habrá etapas especialmente exigentes, pérdidas, cambios o circunstancias que escapen a nuestro control. Pero sí podemos preguntarnos si toda la energía que dedicamos a luchar contra nuestra propia experiencia podría invertirse, al menos en parte, en comprenderla mejor.
Porque tal vez la pregunta no sea únicamente cómo dejar de sentirnos agotadas. Tal vez también merezca la pena preguntarnos con qué parte de nuestra humanidad seguimos peleando, y qué cambiaría si, por un momento, dejáramos de intentar corregirla para empezar a escucharla.
Este mes, en La Pausa Compartida (nuestra newsletter mensual) compartimos como recurso un mapa de autoexploración que puede ayudarte a observar qué está ocurriendo, qué te estás diciendo sobre ello y qué podrías necesitar en este momento.
Puedes suscribirte para recibir este y los próximos recursos y otras pausas de reflexión.
Además, si te apetece explorar a tu ritmo, en nuestra página de Recursos encontrarás materiales abiertos y recursos de profundización que hemos ido creando para acompañar distintos momentos emocionales y vitales.
Tabla de contenidos
- Agotamiento emocional: por qué nos cuesta tanto aceptar nuestros límites, emociones y necesidades
- El agotamiento emocional es más que sentirse cansada
- Cuando el problema no es solo lo que vivimos, sino la guerra que libramos contra ello
- Cuatro formas cotidianas de pelear con nuestra humanidad
- Una relación más amable con nuestra experiencia
- Más allá de entender para estar bien: sostener lo que está en proceso
- Creencias limitantes y gestión emocional
- Adaptación al cambio: resiliencia y gestión emocional
- Identidad y roles aprendidos: quién soy más allá de lo que hago
- Autoexigencia: Sus repercusiones en la salud mental y cómo reconducirla a tu favor.
- Dependencia Emocional: 10 síntomas que ayudan a identificarla
- Psicología: ¿Aún existen tabús?
- Vivir en piloto automático: ¿Se puede aprender a estar presente?
- ¿Qué es el autocuidado? Una mirada más allá del bienestar superficial
- Delulu y salud mental: 4 aspectos clave para entenderlo